II.- LO BÁSICO DEL ANARQUISMO

Muy poca gente parece entender el anarquismo pese a que parte de una idea muy sencilla y clara. Básicamente su mensaje es "dirigir nuestras vidas en lugar de que nos manipulen" y hacerlo en armonía con los demás. Fue un movimiento que en el pasado alcanzó su mayor fuerza entre los trabajadores, pero que han adoptado también otros oprimidos y explotados en tanto aspiren a liberarse sin oprimir o tomar revancha sometiendo a su vez a otros grupos.

No hay nada especialmente complicado ni violento en el anarquismo excepto que algo tan elemental como la idea de llamar a cada quien a dirigir la propia vida se transforma en una conducta subversiva puesto que impide, precisamente, la manipulación por los otros, o por alguno de los otros. De ahí las ridículas objeciones que se le oponen, como "imagínate el caos que habría si todo el mundo hiciera lo que quisiera". Para el anarquismo, la fuente de las divisiones sociales está en el Estado, que es la causa que impide vivir una vida plenamente humana, precisamente por la opresión a que la concentración de poder estatal y económico nos someten. ¿Acaso ahora mismo no vivimos en el caos?. Millones de personas carecen de ocupación digna, mientras otras están sobrecargadas de trabajo; se labora en empleos por demás repetitivos y rutinarios, muchas veces perniciosos para nosotros, para los demás o para el medio ambiente, que sólo brindan beneficios a un pequeño grupo y pareciera que nada se puede hacer al respecto. Hay gente que muere de hambre a la vez que se arroja comida al mar o se almacena hasta pudrirse para mantener los precios; malgastamos recursos y contaminamos el aire para que circulen automóviles demasiadas veces ocupados por una sola persona, pues así se beneficia a los dueños de la industria; y el planeta entero está en serio peligro por la destrucción de su atmósfera, que parece inevitable porque protegerla afecta a los intereses de unos pocos. La lista de locuras, de situaciones caóticas y absurdas en la sociedad actual es interminable, generadas precisamente por aquellos que critican al anarquismo como fuente de desorden. ¡Y además se nos pide sacrificar nuestra libertad para promover este desastre cotidiano!.

Los supuestos "beneficios" recibidos a cambio de la existencia del Estado son, en esencia, ilusorios, cuando no dañinos. El cuidado de la salud, la educación, la protección policial son servicios que funcionan pobremente, pero que sirven para hacernos dependientes del Estado y lo peor de todo, nos compran por muy poco. Frenan la propia iniciativa de crear una seguridad social autogestionada y enfocada hacia nuestras necesidades, no hacia lo que desde el poder se define como asistencia sanitaria, que siempre deriva a ser herramienta de sometimiento y que debe agradecerse como regalo generoso. A su vez, la seguridad social, que pagan los asalariados, genera una disponibilidad de dinero de las más importantes en el capitalismo moderno, que se utiliza para explotar a esos mismos trabajadores. El Estado impide que podamos encauzar la educación de nuestros hijos sin someterlos a los designios de los amos de turno, como en Venezuela donde la injerencia castrense en el gobierno ha impuesto una odiosa instrucción premilitar en la educación de niños y jóvenes. En todas partes, los policías más que proteger de los delincuentes son sicarios que vigilan y controlan. Cualquier obra que se realiza con dineros públicos se paga muy caro porque en los costos se incluyen los enormes sobreprecios que demanda la corrupción. Y así todo.

El anarquismo es ácrata, no apoya la democracia y mucho menos la democracia representativa. La acracia es la ausencia de un gobierno central que asuma el poder. Toda delegación de poder lleva sin falta a la generación de una autoridad separada por parte de los delegados, que inexorablemente se dirige contra los que delegan. Por ello es que tampoco acepta la democracia representativa, porque más temprano que tarde los representantes se desprenden de los intereses de sus representados y sólo persiguen su propia conveniencia. Esto es natural, ya que un pequeño grupo de personas, aunque sean elegidos, no puede materialmente decidir sobre todas las cuestiones que hacen a la vida de una sociedad durante un lapso que, mínimo y en el mejor de los casos, dura 5 ó 6 años. Mucho menos cuando el gobierno está en manos de 4 ó 5 personas, o una sola, que decide con omnipotencia y omnisapiencia cualquier asunto.

La autoridad institucionalizada, por su propia naturaleza, sólo puede interferir e imponer cosas en su beneficio. En este sentido aún pensadores no anarquistas coinciden en que la fuerza de un Estado radica en el peso que la burocracia tiene sobre sus gobernados y es ocioso referirnos a la manera en que el aparato gubernamental, con sus controles, trámites y el requerimiento continuo de documentos y autorizaciones nos hace la vida miserable con sus exigencias, contradicciones y esterilidad, terminando por transformarnos en siervos que para todo debemos pedir permiso. Pero claro es que la burocracia sirve también para repartir cargos, favores, contratos, comprar voluntades, siendo por tanto un arma eficiente de desmovilización social en manos de los dueños del Estado, sea capitalista o el mal llamado socialista.

En Latinoamérica apreciamos con toda su crudeza lo que en otras regiones se presenta con más disimulo o mejor propaganda, como es la estrecha relación entre los capitalistas y el poder político. A pesar de la tan cacareada libertad de mercados, ninguna empresa tiene posibilidades de superación si no cuenta con el apoyo gubernamental en lo legislativo, judicial, de control y/o financiero. Por su parte nadie puede aspirar a asumir la batuta del gobierno sin el soporte de grandes capitales para la subvención de su intento. En esta situación el habitante común apenas es una marioneta a la que se sacude cada vez que hay que avalar con votos este círculo realmente vicioso, cada 5 ó 6 años. En cambio gobierno y dueños del capital deciden día a día la marcha de los asuntos que incumben a todos pero benefician a unos pocos.

Es un principio básico del anarquismo que las personas directamente afectadas son las más indicadas para resolver los asuntos que conciernen a su comunidad, siempre mejor a lo que puedan hacerlo burócratas ávidos de poder o inversionistas ansiosos de rentabilidad. Seguro que los pobladores de un sector urbano pueden imaginarse alguna forma de uso del espacio que impida la destrucción de sus hogares y áreas verdes para construir edificios de oficinas, autopistas o centros comerciales; o que los padres pueden idear junto a sus hijos y los maestros una mejor educación que la recibida del Estado, de los mercaderes escolares privados o de la Iglesia; o que una asociación vecinal bien arraigada puede planear la seguridad local con mayor eficiencia que cualquier policía institucionalizada

Todo el caos, según el anarquismo, deriva de la autoridad opresora y del Estado. Sin clases dirigentes y su imperativo de mantenernos sometidos no habría Estado. Sin Estado nos encontraríamos en situación de organizarnos libremente según nuestros propios fines. Ello difícilmente daría base a una sociedad tan absurda como ésta en la que nos ha tocado vivir, pues la libre organización resultaría en una sociedad mucho más tranquila y equilibrada que la actual, cuyo mayor interés es el despojo sistemático, la infelicidad y el exterminio temprano o tardío de la mayoría de sus miembros. Corroboran lo que decimos estos datos de la Organización Mundial de la Salud: la actual producción mundial es suficiente para abastecer a 8 mil millones de personas pero, de los 6 mil millones que somos actualmente, una gran parte literalmente muere de hambre o de las consecuencias del hambre. Si preguntamos por qué, el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo puede responder con sus estadísticas. Sucede, según cifras de comienzos de los 90 (y la situación ha empeorado), que el 20% de la población más rica del planeta consume más del 80% de la riqueza anual producida, mientras que el 20% más pobre apenas alcanza a consumir el 1,5%. De hecho, los 3.600 millones más pobres (60% de la población mundial) accede a poco más del 5% de lo que se produce en el planeta Tierra. Estos números llevan a una conclusión inexorable: la brecha creciente entre ricos y pobres es tan enorme que podemos afirmar, por brutal que esto parezca, que un alto porcentaje de la población mundial queda excluida de toda posibilidad no ya de bienestar sino de sobrevivir, y en ese grupo están la mayoría de los latinoamericanos. No hay duda que, como diría Shakespeare, algo está podrido pero no sólo en la Dinamarca de Hamlet, sino en el mundo entero. Suponer que tal situación puede empeorar porque la gente tome el control de sus asuntos en sus manos es una afirmación sin fundamento.

DEFINICIONES FUNDAMENTALES DEL ANARQUISMO
* Justificación de la utopía racional y posible de un orden social autogestionario, con democracia directa, sin burocracia autoritaria ni jerarquías permanentes.
*Cuestionamiento radical al Estado, por ser la expresión máxima de concentración autoritaria del poder; crítica a la delegación de poder en instituciones fijas y sobre-impuestas a la sociedad.
*Llamada a un cambio revolucionario - producto de la acción directa consciente y organizada de las mayorías – que conduzca a la desaparición inmediata del Estado, reemplazado por una organización social federal de base local.
*Defensa del internacionalismo y rechazo al concepto de “patria”, en tanto se ligue a la justificación del Estado-nación.

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