III.3) Relaciones interpersonales

Como hemos dicho anteriormente, el anarquismo conlleva una preocupación por los derechos del individuo. Ningún sentido tiene estar teorizando o ejecutando actividades si finalmente ello no va a servir para mejorar la vida de cada uno de nosotros.

A diferencia de los marxistas y otros seudo-socialistas, los ácratas insisten en que se deben intentar poner en práctica en el día a día los principios que se defienden. Si se cree en la igualdad, se debe tratar a los demás como iguales siempre que se pueda. La forma en que nos relacionamos unos a otros refleja lo que pasa en la totalidad de la sociedad y una sociedad anda mal si la gente se trata mal, y a diario vivimos ese maltrato.

Los hippies de la década de 1960 y los “new age” del 2000 están equivocados. Es falso que "todo esté en tu mente" o que todo valga igual. Respuestas individuales como las drogas evasivas (legales o ilegales), el esoterismo y la vida en aislamiento campestre resultan no ser soluciones en absoluto, sino simplemente escapismo, por más que se recubran de coartadas místicas o verborrea semi-filosófica. En el mundo de hoy es imposible vivir como si se fuera libre aislándose de los demás, pues no puede hacerse, ya que siempre nos relacionamos con otras personas y si ellas les falta la libertad, tampoco la tenemos nosotros. La libertad de cada uno llega hasta donde llega la libertad del vecino, no hasta donde comienza, y se extiende con ella. La solución exclusivamente individual, sin atender a que otros también logren resolver sus premuras, es ajena a lo que el anarquismo persigue porque nunca es una solución.

La condición para la revolución es la de creer, como seres humanos razonables, que es posible un mundo razonable. Es difícil, pero no imposible, evolucionar con la ayuda de los otros a un estado más avanzado que la simple condición de dependencia, brutal sometimiento y anulación de las potencialidades de cada uno, en que esta sociedad intenta mantenernos. A menos que podamos ayudarnos y ayudar a la gente a perder el miedo, la ansiedad y la inseguridad, carece de sentido esperar que haya un comportamiento con mayor sensatez al que ahora predomina y empecemos a construir una sociedad libre y creativa. Las ideas autoritarias y el odio irracional a minorías étnicas, extranjeras, religiosas, culturales, políticas, sexuales, u opositores de cualquier tipo son parte de la locura colectiva. Para superar esa demencia general debemos comenzar por superarla en nosotros mismos, retro-alimentándonos con la superación que logren todos mediante una comunicación ininterrumpida.

Un hecho transformador del Siglo XX ha sido la revolución de la mujer en la sociedad; los anarquistas han apoyado desde siempre este proceso y esperan mucho del movimiento de liberación de la mujer aunque no todas las feministas sean revolucionarias. Con dolor se observa que han reproducido en su marcha los mismos vicios que criticaban en cuanto a las pautas de sometimiento a las que las mujeres estaban encadenadas, siendo muchos los casos en que sus afanes sólo procuran incorporarse con ventaja en la competencia por ganar el favor de los poderosos. La revolución feminista no consiste en que la mujer alcance igual posición que el hombre en el proyecto explotador vigente. Tenemos situaciones como en Norteamérica y Europa, con activistas pro-derechos femeninos que consideraron un triunfo que las mujeres tuvieran acceso al control de misiles nucleares o ingresaran en los cuerpos represivos de élite; mientras que en Venezuela las conductoras del movimiento han impuesto estrategias de sometimiento al Estado y han canalizado la lucha a la búsqueda de tibias reformas legales y, la mayoría de las veces, una posición de privilegio para si mismas. Alcanzar por ley el 30% de los cargos gubernamentales no ha logrado que descienda la tasa de mortalidad de las mujeres parturientas, ni el desamparo de las madres adolescentes, ni el abuso laboral, económico y sexual.

Sin embargo, hay una valiosa corriente anarquista dentro del feminismo que enfatiza la asamblea, la autogestión y la importancia de que las mujeres acepten y comprendan sus sentimientos hacia los demás, porque la revolución feminista no diverge de la revolución general, ya que desafiar la dominación masculina debería conducir a desafiar todo tipo de dominación, pues ninguna mujer mejora su situación pasando del sometimiento a un varón insensible a la anuladora obediencia a una jefa despótica. La revolución anarquista no tiene sexo pues pretende sencillamente que hombres y mujeres sean libres, iguales y solidarios entre sí. Una exposición particularmente sintética y coherente de lo que es el feminismo anarquista o anarco-feminismo, está en el artículo “Feminismo y Anarquismo” <www.geocities.com/samizdata.geo/CAFemAnar.txt>, mientras que en el # 10 del períodico EL LIBERTARIO de Venezuela <www.geocities.com/samizdata.geo/LIB.html> hay varios textos también pertinentes.

El movimiento de liberación de la mujer también ilustra una prometedora evolución: la tendencia a actuar en grupos pequeños, donde es más fácil romper con las barreras psicológicas que pudieran inhibir la acción social de muchos individuos. El trabajo de estos colectivos de afinidad puede ser de gran ayuda y crear autoestima en las personas que lo forman. Otros movimientos son válidos por la misma razón, ya que este modo de organizarse tiende al desarrollo positivo de la salud mental de consumidores y usuarios, okupas de casas y otros espacios, defensores de los derechos de las minorías, grupos de autogestión de la salud, colectivos culturales alternativos, etc. Todo lo que anime a las personas a romper con el miedo de adquirir responsabilidades y a examinar sus relaciones con el resto del mundo debe apoyarse. Finalmente, los libertarios esperan que las actitudes cambiarán lo suficiente para permitir a la gente que vuelva a tomar las riendas de su propia vida, de las que se les empezó a despojar con la aparición del Estado.


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