III.4) La familia autoritaria

Un mito común, tanto en el fascismo como en variantes menos agresivas de las ideologías conservadoras y religiosas, es la "santidad" de la familia y de la "bendita" institución de la maternidad. Sin embargo muchas mujeres hoy en día luchan contra el abandono de ser madres solitarias y, en otros casos, contra la dominación de mujeres y niños por parte de los hombres a su vez oprimidos por el sistema, que es en lo que consiste la familia para la inmensa mayoría. La realidad de la vida familiar difiere bastante de la idea sentimental que glorifican los curas, los planificadores gubernamentales y los guionistas de telenovelas. Malos tratos, agresiones y abusos a mujeres e infantes no son sucesos accidentales ni aislados; son el resultado de un condicionamiento dentro del hogar para aceptar el sometimiento que harán el Estado y otros poderes opresores de los individuos adultos.

Para el anarquismo, hasta que no se tengan libertad e igualdad en la vida diaria, no habrá libertad ni igualdad en absoluto. Basta con mirar los patrones de "amo y esclavo" de cualquier revista o film pornográfico para comprobar que la represión lleva a la dominación y a la sumisión. Si el poder es más esencial que la realización afectiva en tu vida sexual, también lo será en los demás aspectos de tu vida. De allí que los anarquistas apoyen el amor libre. Si no es libre, no es amor.  Claro que esto es distinto a la pretendida libertad sexual de hoy en día, más bien promiscuidad alentada por los factores de poder luego de descubrir que hacer del compañero sexual simple objeto erótico conduce a una pérdida de compromiso con uno mismo y con el otro, lo cual se ha mostrado como un modo excelente de dominio sobre individuos así desvalorizados.

La hipocresía reinante y la Iglesia hablan mucho sobre el tema sexual y lo que ellos llaman "moralidad" y "pureza" sexual, pero en todos los casos identifican lo correcto con alguna forma, abierta o disimulada, de dominio y represión, tutelada por el interés en todos los estamentos de poder de privilegiar las relaciones autorizadas mediante un permiso. Al respecto, los anarquistas rechazan el matrimonio convencional, que no es otro que esa relación que tiene permiso, sin implicar necesariamente compromiso. Se oponen a que las relaciones sexuales sean en asunto sometido a la injerencia del Estado o la Iglesia. La verdadera seguridad emocional tanto para los hijos como para los adultos es diferente a lo que propicia una unión artificialmente mantenida y legalmente autorizada, pues cabe encontrarla en una red más extensa de relaciones, que puede tener un componente sexual o no, fundada en un compromiso integral, no sólo legal, con el otro y con los descendientes.

Muchos ácratas consideran que vivir en comuna con compañeros de ideas es una forma de cambiar la sociedad, pero debemos tener en claro que si bien es una decisión respetable, habitar en la misma casa con un grupo de afinidad política no es en sí mismo la clave del futuro afectivo ideal, como no lo fueron los monasterios en la Edad Media. Lo importante es cambiar las actitudes propias y las actitudes de todos, abrirse a los otros, ser más generosos y menos competitivos, unirse en lugar de temer a, o huir de, los demás. La generalidad de los libertarios se esfuerza por ser, al menos, un poco más sociable que la mayor parte de la gente, haciendo lo que se puede a favor de los demás, conscientes de que la perfección es imposible en una sociedad represiva, pero que sólo así podemos ir cambiándola. No hay santos anarquistas, sólo hombres y mujeres que pretenden ser mejores con ellos mismos y con los otros.


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