III.5) La escuela y la educación

De lo visto hasta aquí, es fácil deducir que los anarquistas tienen gran fe en el poder de la educación, aunque desconfiando por principio de la escolaridad institucionalizada controlada por cualquier poder autoritario. Una de las mayores fuentes de esperanza para un mundo mejor es que la próxima generación, con la ayuda necesaria, crezca menos sometida y neurótica que la anterior y para ello es necesario una adecuada y fértil educación. Algunos dicen incluso que educar a los niños para la libertad es la auténtica esperanza real de crear una sociedad anarquista.

Esta herencia de los pensadores de la Ilustración europea del Siglo XVIII es compartida por todos los anarquistas desde sus primeros pasos como movimiento político-social moderno, pasando por todas las alternativas que ha conocido en su trajinar histórico, hasta los actuales esfuerzos en la organización de escuelas, ateneos, bibliotecas, publicaciones, centros de discusión, etc. La urgencia por la educación sólo se iguala con la urgencia por cubrir las necesidades mínimas de supervivencia de todos, alimentos, salud, vestidos y habitación. No puede haber una revolución anarquista sin una clara conciencia revolucionaria y a ella se llega mediante el cultivo de la mente y de los corazones.

Las escuelas, así como la educación en todos sus niveles tal como existen hoy en día, se ocupan principalmente de seleccionar y dividir a niños y jóvenes en categorías con el fin de prepararlos para su futuro papel en una sociedad jerarquizada, asegurándose de que asimilen al máximo la aceptación de las escalas permanentes de rango, el respeto a la autoridad y la competitividad del mercado. Por ello se han dado, y se dan, fuertes enfrentamientos para definir quien es el propietario de la educación - padres, Estado, religión, partido político, sistema económico -. Para el anarquismo los niños no son propiedad de nadie y si son responsabilidad de todos. En todo caso, si pertenecen a algo, pertenecen a su libertad futura para la cual debemos prepararlos. En cambio, el actual sistema exige que la mayoría de los niños se sientan inferiores para que lo sigan siendo cuando adultos. Por eso los anarquistas sostienen, por ejemplo, que las pruebas académicas son una medida insignificante del potencial de una persona para desde allí determinar la importancia del papel que han de cumplir en la sociedad. El culto al experto, particularmente cuando se extiende a áreas ajenas a su estricta competencia profesional, está diseñado para destruir la aptitud de valorar posibilidades y capacidades con un juicio propio.

El fundamento de la pedagogía libertaria es la libertad y por ello adversa resueltamente el castigo y toda forma de coacción física o moral en la educación. La imposición y la obligatoriedad destruyen el entusiasmo natural por saber y comprender. La verdadera educación es lo contrario a la escolarización obligatoria, donde se aprende principalmente a temer y doblegarse ante la jerarquía impuesta. Necesitamos, en cambio, que los educandos desarrollen, a la par que la indispensable capacitación, una actitud crítica para entender el mundo, para que puedan ver los cambios que es necesario hacer a fin de crear un lugar mejor para todos, y ser capaces de llevar a cabo estos cambios. Claro que esto no es sinónimo de una ausencia de responsabilidad por parte de los jóvenes, que deben comprender la que les compete en el conjunto social: prepararse de la mejor forma posible para enfrentar los retos que un futuro dinámico y en desarrollo seguramente ha de generar. Pero la responsabilidad y la preparación hacen necesaria la libertad en la realización de la tarea, ya que sin libertad no se puede ser responsable. El ejército es la única institución en la que la ciega obediencia es un mérito, pero es la institución cuya meta es la destrucción. Construir, y construir un mundo mejor, requiere de otras condiciones.

Los anarquistas también se oponen al aleccionamiento religioso y de cualquier tipo de dogma en los colegios. El miedo, la superstición y el adoctrinamiento están fuera de lugar en una instrucción ética. La educación doctrinaria debe abolirse y sustituirse por la discusión de cuestiones morales y filosóficas basadas en la preocupación y el respeto a los demás y sus posiciones. El anarquismo no acepta la persecución al que exprese creencias religiosas ni sostiene el dogma del ateísmo obligatorio, sino que promueve el conocimiento de los saberes que puedan contribuir al mejor desarrollo del individuo considerado en el seno de un colectivo. Para sintetizar el razonamiento, se repudia la conversión de la escuela en lugar para el adiestramiento político-ideológico a la orden de cualquier teoría, raza, credo o corriente de pensamiento, incluyendo la del anarquismo. Como bien lo expresa la educadora libertaria española Josefa Martín Luengo <www.geocities.com/samizdata.geo/LIB16escuela.html>, el objetivo debe ser construir una escuela de la anarquía y nunca una “escuela anarquista”.

Es una locura pensar que la educación sólo consiste en pasar parte de nuestras vidas en instituciones cerradas que nada tienen que ver con el mundo exterior. Sería mucho más saludable que nuestro período de escolaridad integrara aspectos del trabajo cotidiano y la vida social, tanto para los jóvenes como para los adultos. Así, las habilidades de cada uno podrían ser reconocidas por la sociedad y utilizadas para la educación de otros. Necesitamos destruir las líneas divisorias entre trabajo, juego e instrucción. La educación debería estar disponible en cualquier momento de nuestras vidas, en lugar de estar confinada arbitrariamente a esos años que pasamos en la escuela. Todos somos alumnos y profesores potenciales, todos tenemos habilidades que desarrollar y que enseñar durante la vida entera. Hermosa sería una escuela en que parte del plantel de profesores estuviera constituido por los mismos padres de los alumnos, ofreciendo a los jóvenes en ella - entre los cuales están sus propios hijos - la dotación de sus saberes y habilidades sean cuales fueren, y donde esos padres pudiesen ocupar un lugar junto a los más jóvenes porque también necesitan y desean adquirir conocimientos, destrezas y habilidades.

Los ácratas están generalmente de acuerdo en que la completa liberación de la educación depende de la creación de una sociedad anarquista. Sin embargo, esto no ha sido impedimento para intentar crear entornos más libres donde los niños puedan crecer y aprender, aquí y ahora. Ciertos libertarios han educado a sus hijos en casa, algunos los han educado conjuntamente con otros padres e hijos y han trabajado juntos en lugar de permanecer en núcleos familiares aislados. Desde fines del Siglo XIX y en muchos lugares, las escuelas libres se han establecido basándose en principios anarquistas, y han desempeñado un servicio muy valioso demostrando de forma práctica que hay alternativas posibles. Sin embargo, han tenido que enfrentarse a constantes problemas económicos y a todos los otros retos que supone vivir en una sociedad como la existente intentando crear una sociedad mejor. Entre estos promotores de la educación libre, tal vez la figura más destacada fue el catalán Francisco Ferrer, quien terminó siendo fusilado por quienes no tuvieron otro modo de detener su innovadora actividad pedagógica. Experiencias contemporáneas particularmente notables, son la escuela Paideia en España y la escuela Buenaventura en Francia.

No han faltado anarquistas, y otros que comparten sus puntos de vista sobre la educación, que ante la lejanía de una revolución libertaria, sostienen que debe intentarse cambiar las escuelas desde dentro, integrando en ese objetivo tanto a los padres como a los profesores, ya que ahora y en el futuro cercano la mayoría de los niños han de asistir a escuelas estatales. Esto pasó en el caso británico, donde hacia fines de los años de 1960 el aparato escolar oficial empezó a utilizar los métodos libertarios de Summerhill, la escuela experimental de Alexander O´Neill, sólo accesible para hijos de padres ricos, que se horrorizaron al ver que propuestas similares se estaban adoptando en escuelas públicas para niños de clase obrera y emigrantes. Los intentos más fructíferos se dieron en Risinghill School y en William Tyndale School de Londres, pero al llegar los años del gobierno conservador de Margaret Thatcher (década de 1980) fueron abortados por las autoridades educativas y los profesores más comprometidos terminaron expulsados, señal del éxito que tuvieron en su desarrollo. También cabe mencionar a las Comunidades Escolares de Hamburgo, la Kearsley School, la Kinderheim Baumbgarten de Viena, etc. La lección a extraer para aquellos que lo intenten es que es esencial romper el aislamiento al que se somete a las escuelas respecto a la comunidad, para que los padres entiendan y participen activamente en la implantación de la pedagogía libertaria en los centros educativos. <

Concluyamos este apartado señalando que las referencias sobre el tratamiento anarquista del tema de la educación son múltiples y valiosas, pero recomendamos a quienes deseen partir de lo básico los libros “Breviario Educativo Libertario” de Tina Tomassi y “La Escuela de la Anarquía” de Josefa Martín Luengo, el artículo “¿Por qué la Educación Libertaria?” de Pauline Mc Cormack < www.geocities.com/samizdata.geo/LibEd.html>, así como las páginas web de EduKaos <members.xoom.com/au_la/edu.html>, Foro Electrónico Escuela Libre <reclus.unizar.es:1024/PERSONAL/JULIO/FEEL.html> y Todo Educación <www.geocities.com/SoHo/Gallery/1447/index.htm>.


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