III.6) Acción y organización local

La acción directa es la única manera de mejorar las condiciones de áreas de vivienda, lugares de trabajo, centros educativos, hospitales y otros ámbitos. Aunque estas reformas en sí mismas no representan una contribución determinante para la construcción de la sociedad anarquista, es importante que la gente vaya tomando conciencia del potencial de la acción directa y de sus propias fuerzas. También esta práctica lleva a promover sentimientos de espíritu colectivo y de auto-organización, despierta la conciencia política y puede resolver problemas. Los anarquistas no piensan que las situaciones deben empeorar para que su opción triunfe, no juegan a agudizar las contradicciones del sistema, como decía el marxismo revolucionario. Si la gente se une para solucionar paulatinamente los problemas que hoy sabemos que el sistema es incapaz de resolver, y lo logra, tomará conciencia de sus fuerzas y así se dará cuenta de que puede tomar en sus propias manos muchas más responsabilidades de su propia vida, sin dejarlas a merced de sus “representantes” o a las auto-nombradas vanguardias del pueblo.

Claro que si reiteradamente las acciones emprendidas salen mal, pueden llevar a algunos a la frustración y a una desilusión total respecto a la humanidad. Hay bastantes ejemplos de estos desencantados parloteando en reuniones vecinales, asambleas o donde encuentren auditorio, siempre dispuestos a enfriar los ánimos de quienes se disponen a acometer alguna iniciativa de cambio. Sin embargo la esperanza de progresar nunca debe perderse, porque está en las propias manos de la colectividad hacerlo, no en las de quien ejerce el poder, sino en las de todos, teniendo siempre presente que el mejorar no debe reducirse a una simple ventaja económica.

¿De qué tipo de acciones hablan los anarquistas? Si hace falta una vivienda, la ocupación de una deshabitada o si el Estado posee tierras ociosas, instalar en ella un grupo que las ponga a producir. Así se desafía a la autoridad estatal y a la propiedad privada, mostrando su inutilidad. La ocupación demuestra con eficacia el disparate de que existan casas vacías o terrenos baldíos a la vez que hay gente sin hogar y sin trabajo. Por desgracia, el prejuicio popular, reforzado por las frenéticas campañas de los medios de des-información masiva en defensa de la “inviolable” propiedad privada, impide que la táctica “okupa” obtenga el apoyo generalizado necesario para un cambio real.

Las ocupaciones corren también el riesgo de convertirse en verdadero vandalismo, que es algo distinto del anarquismo. Son muchos los casos, y se ven a diario, que la ocupación ha permitido un mejoramiento no sólo de la situación de los ocupantes, sino de las condiciones generales de la zona en que se realizó la acción por los beneficios comunitarios que se aportaron. Pero tampoco faltan las que encubren actos de delincuentes disfrazados de necesitados, de traficantes de las ocupaciones o de acciones políticas que persiguen la desestabilización en pos del poder o tomar venganza de enemigos. En ocasiones, como ha sucedido y sucede en Venezuela, se amparan las ocupaciones de propiedades de adversarios partidistas, a manera de revancha política, siendo que el Estado es el mayor terrateniente del país con varios millones de hectáreas sin trabajar, listas para otorgarlas en corruptas prebendas. Como en todo, los anarquistas no establecen una regla general de apoyo a una dada actitud, ni se rigen por abstracciones muertas sino que atienden a todos los elementos que convergen en ella y así como se apoyan muchas ocupaciones, bien se puede tener que criticar otras. Cada grupo anarquista, en vista de la particular situación, luego de enterarse de los pormenores y discutir con los compañeros, asume sus posiciones, pero sin seguir lemas vacíos de contenido o adherirse ciegamente a consignas que se dictan autoritariamente desde lejos del lugar de los acontecimientos.

La vida comunitaria del sitio donde se vive puede mejorarse de infinidad de maneras, convirtiendo áreas abandonadas en zonas de recreo y esparcimiento, organizando teatros callejeros, reuniones musicales, encuentros de charlas, compartiendo libros, etc. Para ello lo más importante es el deseo de hacerlo y si hace falta algún dinero, hay múltiples actividades que pueden realizarse para recolectar los fondos necesarios, como festivales, “cayapas” vecinales, conciertos, etc. Por supuesto, a menos que se habite bajo un régimen tolerante, este tipo de acciones pueden tener sus inconvenientes, pues difícilmente los que gobiernan aceptarán que se lleve consistentemente a la práctica esa vieja consigna de “las calles son del pueblo, no de la policía”, y tomarán las medidas del caso ante el progreso de la organización popular autónoma, a la que se buscará quebrantar con el garrote y/o la zanahoria, para lo cual se debe estar preparado. El Estado jamás permite que nada de esto se desarrolle sin intentar dominarlo y/o destruirlo.

Los anarquistas han soñado, y a menudo han participado y concretado, todo tipo de propuestas de autogestión, incluyendo un mejor aprovechamiento de la tierra, sistemas rotativos de trabajo, esquemas de colectivización de los productos, administración colectiva de fábricas, etc. Estas son una muestra de independencia y de la viabilidad de formas alternativas de intercambio económico, con un gran atractivo pero siempre exigiendo muchos esfuerzos y atención frente a los obstáculos, como el que representan los burócratas de alma que, con el pretexto del “realismo”, intentan desvirtuar ideas, anular iniciativas y hasta, en caso de haberlos, destruir sus beneficios auténticos haciéndolas parte del capitalismo.

La palabra autogestión encierra una de las aspiraciones del anarquismo, pero hoy el estatismo la ha reducido a la búsqueda de fondos propios, sin que haya ninguna concesión real de poder en la elección de las metas, ni en la conducción propia a través de los caminos que el colectivo decida seguir para el logro de sus objetivos, ni siquiera en la administración de los recursos obtenidos. Así como se proclama “democracia participativa” al régimen en que unos pocos deciden y luego “participan” a los demás lo que tienen que hacer, la autogestión tal como la pregona el Estado consiste en que muchos consiguen los recursos y unos pocos deciden qué hacer con ellos. Sin embargo, el espíritu de autonomía que encierra la auténtica autogestión es una de las aspiraciones anarquistas, que la promueve en todos los órdenes.

Siendo un aspecto tan significativo de la acción anarquista, lo más recomendable es profundizar en el conocimiento de la practica y la teoría de la autogestión libertaria, para lo cual sugerimos ir a la sección VI.4 de esta Bitácora, al ya mencionado libro de F. Mintz sobre la Revolución Española, a las obras de Bonanno y Massari indicadas en la Bibliografía (sección VII.1), al sitio del WWW “Autogestión” <pagina.de/autogestion>, y al texto de Alejandra León: “Guía múltiple de la Autogestión” <blues.uab.es/athenea/pages/articulos/Congreso/Alejandra.htm>.

Otra área principal de la actividad anarquista es la de involucrarse en campañas locales. Estas resultan útiles a la hora de desarrollar la conciencia publica, la capacidad de organización comunitaria, y pueden tener la virtud de invitar a la gente a pensar sobre cuestiones políticas. La movilización respecto al cambio de régimen de un servicio de transporte masivo de pasajeros (Metro, autobuses u otro), sea privatización o estatización, por ejemplo, hace surgir a la luz qué intereses político-económicos presionan por tal decisión, acerca de sus fundamentos como salida a los problemas que presente ese servicio, por qué debe predominar la búsqueda de rentabilidad por encima de la necesidad colectiva de transportación barata y eficiente, las corruptelas que impregnan las condiciones de precios e impuestos, etc.

Por desgracia, la gente a menudo se deja comprar por limosnas, confundir por la propaganda interesada o admite los cuentos de la "democracia representativa" y la política parlamentaria, con lo que acaban desvinculándose del asunto o engañados por las promesas. Esto puede llevar a la desilusión y a la apatía, o peor aún, al cinismo de los que viven de las migajas de la corrupción y el clientelismo municipal. Por eso, los anarquistas intentan asegurarse de que el resultado de cualquier campaña local sea el rechazo de cualquier solución impuesta, promoviendo la acción directa de los interesados y enfrentando las maniobras que pretendan delegar las decisiones en la voluntad discrecional de los representantes institucionales.

Este hincapié en la acción directa es lo que ha hecho que tradicionalmente los anarquistas se hayan negado a participar en las engañosas campañas electorales. Nunca olvidan aquel refrán que dice que “la elección de nuevos amos no nos hace menos esclavos”, por lo que adscribirse al juego de la democracia representativa es algo contradictorio para quienes no son demócratas sino ácratas. Más que juzgar como mejor o peor a este o aquel gobierno, los anarquistas consideran que todo gobierno es malo ya que desplaza el manejo de los asuntos que interesan a todos a unas pocas manos, que inexorablemente van a defender los intereses que convengan a la élite gobernante y la historia ha mostrado que los intereses de esa camarilla raramente coinciden con el de todos. Como decía aquella famosa novela policial “Shibumi”, refiriéndose concretamente a Estados Unidos, cuando alguien llega a jefe de un gobierno, es porque moral o intelectualmente no merece serlo. Para los libertarios, carece de sentido gastar energías y fuerza espiritual para promover el ascenso de un individuo o grupo al poder, cuando bien pueden gastarse esas energías en beneficio de todos y cada uno, sin tener luego que lamentar engaños e incrementar desesperanzas.

Es difícil encontrar el equilibrio entre involucrarse para conseguir reformas inmediatas (con lo cual se promueve una creencia falsa en el Estado como fuerza benévola) y examinar las implicaciones a largo plazo de las acciones. Si se deja que la expectativa por resultados inmediatos se desmande, es fácil acabar creyendo en el reformismo, desesperados por contener de algún modo los males que afligen a la sociedad. Esto es comprensible, pero contraproducente a la hora de arrancar los males de raíz. Contentarse procurando mejoras en el sistema significa reforzarlo, y a la larga, aumentar la miseria humana. Si bien se da un paso a la vez y no siempre son posibles los grandes saltos, esos pasos no pueden ser azarosos sino que deben orientar, más rápido o más lento, en una dirección que debe ser la del bienestar colectivo permanente. Esto sólo es posible respetando la libertad y la igualdad en un marco solidario, fijando metas comunes y medios compartidos.

Cuando las condiciones locales se vuelven insostenibles, ocasionalmente se generan revueltas violentas (como el “Caracazo” de febrero de 1989 en Venezuela y tantas otras explosiones sociales que han sucedido antes y después en América Latina). Pero estos tumultos esporádicos, nacidos de la frustración y con poca o ninguna organización, no son particularmente revolucionarios ya que nada se puede construir sobre ellos. Si hubieran estado organizados, habría ocurrido una real insurrección más que una manifestación emocional. En cambio, la mayoría de las veces las fuerzas opresoras, que si lo están, terminan por aprovechar esos movimientos para acentuar el sometimiento como sucedió en Venezuela, en donde tras el estallido social hubo tal retroceso en los esfuerzos de asociación consciente de los desposeídos que se terminó por caer en liderazgos puramente personales, carismáticos e irresponsables, arbitrarios e impredecibles.

Entonces, ¿cómo se organizan los anarquistas? Los individuos se pueden reunir en grupos de afinidad ya sea por simpatías personales, por vecindad de habitación, por compartir lugares de trabajo o coincidir en problemas y soluciones con los demás integrantes de ese colectivo. Desde allí el paso siguiente es coordinar sus acciones con otros grupos que comparten ideas similares, no porque sea una obligación de cualquier clase o para que les digan lo que tienen que hacer, sino para discutir actividades compartidas. En cada caso, el grupo entero discute una acción particular, pero sólo aquellos que estén a favor la llevarán a cabo y siempre la participación es estrictamente voluntaria. Esto contrasta por completo con las células de las organizaciones marxista-leninistas, en las que el individuo tiene que aceptar la línea que baja desde el mando de su partido y obligatoriamente debe actuar en concordancia con ella. A pesar de la crítica al marxismo, la mayoría de las formaciones políticas en Latinoamérica ha adoptado esta misma forma de organización y la participación en cualquier tienda partidista, sin importar su ideología, implica como punto de partida la obediencia acrítica y la pérdida de toda opinión personal.

Entre los anarquistas sucede todo lo contrario. La oposición a una propuesta o la negativa a participar en alguna actividad, razonada y expuesta ante los compañeros del grupo, es simplemente la expresión de la autonomía de cada participante, sin acarrear ningún calificativo o sanción. Si la solidaridad está vigente, habrá otra oportunidad posterior en la cual quienes hoy no intervengan lo harán a plenitud. Asimismo, los que actúen no adquieren ningún privilegio por ello porque no tiene nada de extraordinario seguir lo que su buena razón y pasión les señala como lo más idóneo. Ningún miembro de grupo tiene derecho a imponer sus personales decisiones, pero por supuesto que puede y debe defenderlas y tratar de convencer a sus compañeros de que las apoyen.

Para los anarquistas, el desacuerdo en un tema importante que nunca debe reprimirse ni pretender anularlo. A lo más, en caso de que las diferencias impidan mantener la previa afinidad y se tornen insuperables, simplemente significan la probable aparición de un nuevo colectivo, con el que se podrán seguir realizando acciones compartidas. Las discrepancias no tienen que significar ruptura total entre distintos grupos, ya que la idea es reforzar puntos y lazos en común, pero sin homogeneizar ni anular la diversidad en la que radica la riqueza de las decisiones. Por ello, en muchos países existen federaciones de diversos colectivos libertarios, que de este modo permanecen reunidos, no sometidos, en una instancia encargada de coordinar las acciones, pero manteniendo sus particulares puntos de vista, lo cual también opera cuando las instancias federativas son de orden internacional (como la Asociación Internacional de Trabajadores <www.iwa-ait.com> o la Internacional de Federaciones Anarquistas <flag.blackened.net/liberty/ifa.html>). Este modelo de organización ya se ha generalizado en otras expresiones de la actividad política, como por ejemplo, en grupos de mujeres y en algunas asociaciones de vecinos. Si el anarquismo crece, cabe esperar que aumente esta forma de coordinación, con lo que nos acercaremos a una sociedad anarquista.

Grupos de personas en un vecindario o en un trabajo o en cualquier lugar donde haya actividades compartidas, pueden organizarse así para tomar decisiones que les incumben. En todo caso, pueden mandar delegados a encuentros a mayor escala. Pero en este aspecto los anarquistas han sido muy rigurosos a lo largo de la historia, porque un delegado es sólo eso, un portador de instrucciones que debe seguir al pie de la letra, un emisario del colectivo que representa, siguiendo claros y estrictos mandatos de lo que tiene que decir. Más aún, es norma entre los libertarios que el cargo sea rotatorio, revocando los nombramientos regularmente o si alguno pretende auto-instituirse en líder e irrespetar la estricta condición de vocero que se comprometió a asumir. ¿Una idea irrealizable? Ya funciona en muchos grupos, a pequeña escala, y ha funcionado muchas veces en la historia ¿Qué es lo que parece tan difícil? La razón de la dificultad está en la distorsión que el poder jerárquico ha introducido en nuestros pensamientos y por eso, algo que es tan natural parece implicar una cambio tan drástico en nuestros hábitos. Lo que se necesita para aplicarla es nada más – y nada menos - que una revolución total en la conciencia cotidiana. De esta forma, podría surgir un sistema anti-autoritario de organizar todos los aspectos de nuestra vida, desde la cuna a la tumba. Sería un tipo federalista de sociedad anarquista.


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