IV.- COMUNICANDO EL IDEAL

El anarquismo encuentra vital educar a la gente para una nueva sociedad. Algunos incluso dirían que es todo lo que cabalmente se puede hacer, porque intentar imponer la revolución con el esforzado activismo de una minoría muy pequeña es insensato dentro de la propuesta libertaria ya que, incluso con las mejores intenciones, eso sólo podría conducir a una nueva esclavitud y así lo ha mostrado la historia. Una verdadera revolución sólo puede hacerse si una gran mayoría, por no decir todos, la quiere y participa activamente en la creación de un mundo nuevo. Y si es una mayoría, debe ser muy cuidadosa de los derechos de la minoría que se le oponga.

Por supuesto, el anarquismo parte de la base de que tendría muchas más oportunidades si la gente reflexionase sobre los problemas y cuestiones que les propone para luego organizarse en concordancia. La confianza de los anarquistas en cuanto a que lo más razonable para quienes conocen su ideal es seguirlo, hace que una de sus prioridades sea difundirlo. Para ello, la educación en todos los aspectos juega un papel importante en la aspiración anarquista a un mundo mejor. Puede que la sabiduría no nos haga felices, pero los libertarios están seguros que la ignorancia no lo logrará. Por eso es absurdo presionar a la gente con sermones de catequista, o disertaciones sabihondas, o arengas de caudillo, pues más que meros seguidores se desean individuos que piensen, conozcan, critiquen y generen alternativas. Pocas cosas hay peores para el anarquismo que presentarlo como una doctrina de certezas absolutas. El anarquista no quiere predicar, sino hablar con la gente.

Este punto es de fundamental importancia, pues queriendo los libertarios comunicarse – en el más pleno sentido de la palabra – resulta que, probablemente, el síntoma más claro de la degeneración de la sociedad moderna es que la comunicación cada vez se hace más impersonal, más estandarizada y más unidireccional. La comunicación se ha convertido en un artículo adquirible, sonidos y bytes que se compran en cintas de plástico, en discos compactos o en pantallas luminosas. Casi todos los medios de comunicación contemporáneos tienen dos cosas en común: se debe pagar para obtenerlos y no hay forma de participar en ellos: se mira o se escucha, nada más. El estímulo a la pasividad del receptor es una clara estrategia para reducir la posible rebelión de los sumisos.

La creencia anarquista en la libertad lleva a exigir libertad de expresión y libertad de prensa. Esto podrá sonar común, como si se tratara de una manifestación más de quienes pelearon contra las tradicionales dictaduras militares en América Latina. Ahora bien, buena parte de esos luchadores anti-dictatoriales cesan sus luchas y parecen satisfechos cuando consiguen que estas libertades se estampen en las leyes. Pero la mayoría de las veces, esto se reduce a que “ellos” logran esas libertades, puesto que son inalcanzables para los comunes mortales, y menos aún para "extremistas peligrosos" como los anarquistas. Y aunque sea posible decir (casi) todo lo que nos guste, no siempre en horas de máxima audiencia, o escribir sin obstáculos lo que queramos, no siempre publicado en la gran prensa, los dignatarios de las democracias en América Latina han desarrollado una peculiar sordera y ceguera ante las opiniones que les adversen, porque la gente carece de organización para castigar a dirigentes que se hacen los desentendidos. A menos que se tenga una verdadera oportunidad de ser escuchado, la libertad de expresión poco significa, y por eso no preocupa a los poderosos concederla. A su vez, hay otras libertades más peligrosas que la libertad de expresión y sobre ellas hay referencia en el punto VI.2.

Los periodistas, trabajadores gráficos, escritores, técnicos y actores quizá deban jugar un papel muy importante en este aspecto de la lucha por una nueva sociedad. Está en sus manos decir la verdad (como queda en manos del público protestar cuando no se le dice) y deberían avergonzarse tanto de la basura que se ven obligados a producir, que tendrían que haber renunciado a sus trabajos si no los presionara la necesidad de subsistencia o los tranquilizase el conformismo. Pero también debería estar avergonzada la gente que adquiere esos mismos productos y con su consumo avala que se siga comerciando ese material que solo sirve para degradarnos. Es urgente que la industria de la comunicación se ponga al servicio de la concientización política, y que los trabajadores y el público determinen los contenidos de sus productos y no un grupo que persigue sus mezquinos intereses. Para ello, el papel de la audiencia es determinante, porque nadie hace comida para cerdos si no hay cerdos que alimentar.

Debido a que los ámbitos comunicacionales están tan controlados por una oligarquía y un Estado que saben muy bien de la importancia de su poder, hay pocas probabilidades de difundir ideas anti-convencionales como las anarquistas a través de los espacios establecidos, por lo que se impone el esfuerzo adicional de encontrar alguna otra forma de propagar esta visión hasta que llegue el momento que la colectividad gestione los medios de comunicación. Además, la forma en que el ideal se comunica es casi tan importante como el ideal en si, ya que al permitir o promover la participación de la gente para que deje de ser mera audiencia y pueda expresarse por sí misma, el anarquismo impulsa un desafío directo a un sistema de poder que está decidido a mantener la docilidad colectiva.

El anarquismo ha sido empujado a los márgenes de lo social, por lo que ha tenido que crear sus propios medios para comunicarse. Naturalmente, todo ello a pequeña escala y por eso con cada panfleto, revista, fanzine, página web, emisión radiofónica, etc. alcanza a un grupo reducido de gente. La esperanza es que cada pequeña acción se vaya sumando. Después de todo, se piensa que mil panfletos o diez horas de radio no son un desperdicio si logran interesar a una sola persona de las bondades del mensaje libertario. Por otra parte, la multiplicidad de opiniones es el fundamento de la búsqueda anarquista por la mejor y más compartida solución, por lo que la diversidad de emisores - cada uno con su enfoque y su punto de vista - es siempre bienvenida, mucho más que una voz masiva y homogeneizadora.

Por lo tanto, difundir el ideal, es decir, “hacer propaganda", es y ha sido uno de los objetivos primordiales de la estrategia anarquista. Por encima de todo, una revolución anarquista requiere que la gente sepa lo que hace, por qué lo hace y que los otros estén enterados de sus motivaciones. Nadie puede ser obligado a ser libre, o se elige y se actúa por ello o no es verdadera libertad. Esta labor es más dura que la de los Testigos de Jehová, los Mormones, o cualquiera de los predicadores de diverso pelaje que van de puerta en puerta con la salvación en la mano. Para los libertarios es insuficiente decir a la gente lo que tiene que pensar: o piensan por sí mismos, o no se alcanzará el verdadero anarquismo.

Siendo esto tan importante, se ha intentado en muchas ocasiones y de muchas formas distintas. He aquí varios métodos utilizados por los anarquistas para comunicar sus ideas:


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