VI.2) “4 notas sobre anarquismo, filosofía y libertad."

Libertad e Igualdad: fundamentos del anarquismo

Una de las habituales preguntas a un anarquista es: ¿A favor de que están Uds.? Porque son buenos críticos destructivos pero lo constructivo no se les ve por ningún lado. Sin embargo no es el anarquismo un simple dar golpes a la piñata y su crítica ha sido siempre clara y precisa para quien quiera entenderla y reflexione acerca de ella, porque el anarquismo es una verdadera filosofía social y política.

Si tratamos de caracterizar a esa filosofía social y política que es el anarquismo, debemos comenzar por señalar como rasgo más destacado su íntima vinculación con una determinada ética. Es tal este enraizamiento ético que se podría decir que lo social y lo político se disuelven en lo ético-moral, y son los valores ético-morales los que se elevan por encima de todo valor pragmático. Contrariamente a lo que se dice, el anarquismo es una filosofía, quizás la única, que concibe a la sociedad como estructurada sobre valores éticos.

De los valores ético-ontológicos en los que se apoya esta filosofía destacan dos principales: la Libertad y la Igualdad. De ellos habla todo Occidente, pero no como lo hace el anarquismo, para el cual no son valores opuestos, ni contrarios, ni yuxtapuestos, ni siquiera complementarios, sino valores idénticamente necesarios el uno para el otro. No se puede ser libre sin ser igual y no podemos ser iguales sin ser libres. No podemos afirmar la libertad de nadie, y menos la nuestra, sin afirmar la igualdad de todos, y a su vez para que todos seamos iguales es necesario que afirmemos la libertad de todos y de cada uno.

Otros sistemas sostienen también ambos valores pero no les asignan la importancia que les asigna el anarquismo. El capitalismo afirma la Libertad pero lo hace sacrificando la Igualdad. Defiende la libertad del opresor pero negando la libertad del oprimido. Prueba de ello son las voces que cada tanto, cuando las diferencias se hacen muy marcadas, se alzan reclamando más democracia social y económica, es decir más Igualdad. En otras palabras, en el capitalismo hay Libertad pero no para todos, porque no todos somos iguales.

Los “socialismos reales” pecan en el otro extremo. La Libertad es algo que se puede suspender, algo derivado, algo provisional, algo que podemos dejar de lado por tiempo indeterminado. El valor supremo es la Igualdad y por ella se sacrifica a la Libertad, o al menos eso dicen intentar. A la larga, la ausencia de Libertad conlleva la aparición de nuevas desigualdades.

Para el anarquismo, Libertad e Igualdad tienen idéntico valor, ambas son igualmente necesarias, no es ni puede ser la una sin la otra, ninguna es sacrificable, ni postergable, ni segunda. En caso contrario, no hablamos de Libertad sino de explotación o no hablamos de Igualdad sino de opresión. De esta concepción ética es que emerge esa manifestación del anarquismo que es la oposición a todo tipo de poder permanente, al Estado y al Gobierno. Pero éste será tema de otro día.

(CORREO A # 5, p. 7; junio 1988)

De, para y con la Libertad

El término libertad encierra numerosos equívocos que permiten que todos la usen para los fines más variados. Así, la política económica de estos gobiernos que padecemos apoya un mercado libre de la interferencia estatal, cuando no hace mucho se propiciaban Estados interventores que libraran al pueblo de la codicia de los empresarios. Hay libertad de expresión pero el gobierno y los propietarios de los medios censuran los mensajes para liberarnos de la difusión de ideas contrarias al orden reinante.

De manera que es bueno hablar de la libertad y exponer algunos de nuestros puntos de vista para destacar porque no compartimos del todo la libertad de esta democracia en que vivimos. Ante todo, es preferible no hablar de la libertad como algo sustantivo, sino que preferimos referirnos a la cualidad de ser libre. Tampoco nos interesa preguntarnos si el hombre es libre, porque preferimos preguntarnos si tú, Pedro, Alicia o yo, somos libres. El hombre en general tiene tantos matices, diferencias y aun contradicciones, que bajo su amparo se admiten las más variadas respuestas.

Vamos a acercarnos al problema estableciendo algunas distinciones. Se puede ser libre de, libre para y libre con. El primer caso, libre de, es lo que se llama libertad negativa. Significa falta de coerción, de impedimento, de oposición, que puede ser de variado tipo. Por ejemplo, no somos libres de no comer por una coerción biológica. Pero en el ámbito político, cualquier régimen puede decir siempre que sus ciudadanos son libres de algo. Somos libres de comprar lo que queramos, aunque el Estado también es libre de fijar sueldos mínimos de miseria; somos libres de cambiar de empleo, aunque haya desocupación; somos libres de estudiar, aunque no haya cupo en las instituciones escolares; etc. Es bueno aclarar que la coerción no es siempre externa sino que puede ser interna, promovida a través de la educación de deseos, de prejuicios, de temores. Liberarnos de nuestros propios impedimentos es el primer paso para ser libre.

Sin embargo, si bien una amplia libertad de - ausencia de coerción - es necesaria, ella no es suficiente y debe complementarse con la llamada libertad positiva, libertad para, que es la que da significación y fundamento. Libertad para comprometernos, para fijar metas, para completarlas, para pensar y decir lo que pensamos, para sentir y actuar. Ser libre de elegir no es el fundamento de ser libre si cada uno de nosotros no elige también las alternativas. ¿Somos libres si elegimos un presidente entre dos candidatos que nos imponen y que luego no podemos ni juzgarlo, ni sacarlo, ni cambiarlo, ni protestar? Precisamente es esta libertad para la que no tenemos y la que todo régimen estatal se cuida bien de que no tengamos, aunque podamos disfrutar de mayor o menor libertad negativa. Ya Aristóteles decía que el hombre es libre si es libre para determinar su vida y sus acciones, a diferencia del esclavo a quien son otros los que le determinan su vida y sus acciones.

El tercer aspecto está muy unido a la libertad positiva ya que para hacerla efectiva debemos ser libres con otros humanos. Lo social es inherente a nuestra especie, por lo que las potencialidades de cada uno sólo pueden concretarse viviendo en relación con sus semejantes. La libertad no es un don, un regalo, sino algo que hay que hacer y, para lograrla, es menester ser con los demás y todos juntos hacernos libres. Siendo egoístas podemos alcanzar la libertad negativa. La libertad para hacer algo sólo es posible con otros, solidaria y fraternalmente unidos.

(CORREO A # 19, p. 11; mayo 1992)

De la libertad y la determinación

El tema de la libertad es, en la teoría y en la práctica, central en la preocupación de los anarquistas. Sin embargo no por ello es algo agotado y, por el contrario, debe ser motivo de permanente reflexión y discusión, para ir conformando lo que entendemos y anhelamos como libertad. No en vano se han registrado más de 200 significados para la palabra, y se parece al amor en tanto que ambos se enmascaran de algo distinto cada vez que nos acercamos a ellos.

Tratando de dar sentido a las afirmaciones de un compañero, he creído encontrar en él una identificación, en lo que se refiere a la conducta esperada de otra persona, entre libertad e indeterminación. En otros términos, reclamar a alguien el compromiso voluntariamente contraído que determine una conducta, exigir el cumplimiento de la palabra empeñada que determina sus acciones, o en caso contrario exigirle explicaciones, sería un acto autoritario que coartaría la libertad de ese otro.

Estimo que entender la libertad como conducta incoherente es quedarse muy corto. Más aún, esta interpretación se funda en entender al mundo como algo predeterminado, como teniendo un destino fijado de antemano por Dios, o por fuerzas místico-naturales incontrolables e insondables. En ese mundo de futuro preestablecido, la misión del anarquista (fracasada de partida) es oponerse ciegamente a toda legislación, a toda norma, convención, regla, acuerdo o expectativa. El anarquista se concibe a sí mismo como un héroe individual y trágico, libre porque se enfrenta a toda coherencia y fracasado porque la coherencia está predeterminada.

Pero si bien la contingencia, el azar, es una condición necesaria para ser libre, se queda pequeña porque no es suficiente. La indeterminación es posible porque no hay predeterminación. En consecuencia abre espacios para la libertad, pero no los llena porque es necesario determinarnos. La incoherencia rompe las ataduras de la determinación, pero con ello no basta si desconocemos para qué queremos desatarnos. Si, como decíamos arriba, se concibe al futuro como establecido e inexorable, predeterminado aunque no sepamos cuál es, el para qué no tiene sentido y debemos dedicarnos a romper sin esperanzas con el porvenir. En cambio si el futuro es pensado como algo que hay que determinar, construir, crearse entre todos, entonces la indeterminación sólo puede ser condición para determinarnos y hacernos responsables de esa determinación.

La construcción del futuro requiere de una voluntad firme, pero ello por si mismo no determina el curso de la acción, solamente nos mantiene en él. La edificación de la casa que habitaremos no es posible si a la indeterminación del futuro le sumamos la indeterminación de nuestra conducta, e interpretamos que poner un ladrillo en su construcción es quitarnos la libertad de no ponerlo. Entender que todo reclamo a nuestras incoherencias con respecto a la palabra empeñada o el compromiso adquirido es coacción o intento de arrebatarnos libertad, es equivalente al reclamo por poner un ladrillo. Es imposible dar forma al incierto porvenir fundados en la inconsistencia personal o en la falta de autodeterminación de nosotros mismos, que no es otra cosa que asumir razonadamente un comportamiento coherente y con intenciones definidas. Ser libres es ser responsables de nosotros mismos con nosotros mismos y con los demás.

(CORREO A # 26, p. 16; septiembre 1994)

Libertad, verdad y postmodernidad

Bastante se habla hoy de postmodernismo. Muchos lo hacen porque es la moda. Pero creo que debemos acercarnos al tema con toda seriedad porque es demasiado lo que está en juego. Propongo hacerlo con una de sus vertientes, la noción de verdad.

A lo largo de la historia, el hombre ha pensado la verdad de diversas maneras. Para los griegos la verdad estaba en las cosas y en la relación con las cosas el hombre podía acceder a ella. En el medioevo la verdad era la palabra de un ser superior, Dios, revelada a los hombres, interpretada por la Iglesia. En la modernidad la verdad viene dada por el hombre y desde él se la establece. Pero en todos los casos la verdad era única.

Con el criterio de hombre-centro se edifica la modernidad. Una modernidad que parece estar en crisis y para salir de la cual el hombre ha de edificarse una nueva casa. Ese proyecto es la postmodernidad. Como todo lo que se construye simultáneamente a algo que se destruye, no está todavía muy claro qué pertenece a la destrucción y qué a la construcción. Podemos sin embargo detectar algunos lineamientos de esa nueva casa, que pareciera contener elementos notables del pensamiento anarquista.

Es hoy moneda corriente que no hay una verdad, ni divina, ni humana (humana en tanto que el hombre quiera ocupar el lugar de Dios). Todas las verdades rigen con igual valor, y hay más de una. La consecuencia es que la convivencia ha de modificarse radicalmente. Si no hay una verdad, y no la hay ni en el reducto más sagrado de la verdad que es la ciencia, no puede haber leyes que pretendan representarla, ni podrá haber autoridad ni poder que pretende defenderla (y aprovecharla), ni podrá nadie apropiarse de ella y ser su paladín y pontificar desde ella.

Será entonces mi verdad y la de cada uno. Pero esto no nos convierte a cada uno en el centro del universo, justificando un egoísmo extremo. Seré centro pero en todo caso centrado por los otros hombres, con los que naturalmente tengo que convivir pero a quienes no podré imponer mi verdad. Y a su vez cada uno de ellos será centro - centrado en este caso por mí y los demás -. La pregunta es  ¿cómo relacionarse sin verdad única, sin ley, sin autoridad, sin poder? Pensar en una sociedad tal es lo que llamamos pensar en una sociedad autogestionaria. En ella lo fundamental no es la forma en que se va a vivir sino la forma en que se va a convivir: libres, iguales y solidarios. Aunque para muchos todo tiempo pasado fue mejor, nuestra propuesta es que avancemos a esta nueva organización social.  Y nadie dice que será fácil construirla.

(CORREO A # 10, p. 12; agosto 1989)


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