VI.3) “Liberalismo y anarquismo”

Qué duda cabe que luego de medio siglo de franco retroceso - entre las décadas de los 20 y los 70 de esta centuria que se acaba - el liberalismo ha vuelto por sus fueros, lo que no deja de traer alguna confusión entre muchos anarquistas. La razón es que durante años centraron su lucha en un enfrentamiento contra un Estado poderoso y ahora que las nuevas corrientes liberales lo están haciendo desaparecer, nos encontramos como el que dijo Dios ha muerto, pero que mal la estamos pasando sin Él. ¿Es el anarquismo, según se lo ha descrito, una forma exacerbada de liberalismo? Ante la interrogante, es menester delinear las similitudes y las diferencias para que no nos tomen de sorpresa cosas como el anarco-capitalismo, del que ahora comentan hasta los mismos periódicos que no hace mucho consideraban al anarquismo una mala palabra.

El liberalismo y el anarquismo, delineados en el Siglo XIX, surgen como corrientes herederas de la Ilustración. Si resumimos aquellos puntos en que coinciden podríamos enunciarlos en:
- La creencia en la capacidad humana de autodeterminación moral y desarrollo de una razón crítica.
- La creencia en que el progreso humano, concebido como la liberación de una minoría de edad que nos mantenía sometidos a fuerzas supraindividuales, es posible y lo es en todos los órdenes de la vida.
- El rechazo a todo tipo de especulación que pretenda sustraernos a una referencia con la realidad experimentable racionalmente interpretada, pues de no hacerlo marchamos inexorablemente a una irracionalidad opresora.
- Los ideales a perseguir son los de igualdad, libertad y preponderancia del individuo frente a todo tipo de institucionalización.

Estos principios, que forman parte del bagaje liberal, sin duda también son compartidos por muchos anarquistas. Sin embargo la distinción se encuentra básicamente en el último punto. Porque todo individuo vive en sociedad, vive con otros, convive. ¿Cómo debemos entender a la sociedad y a la relación que con ella deben tener individuos libres e iguales? Para el liberalismo la sociedad surge de un pacto mítico entre los individuos, por medio del cual se ceden algunos de los derechos que naturalmente nos corresponden en aras de asegurar una estabilidad y una seguridad que permite una más exitosa persecución de los fines individuales que cada uno tiene como meta. La sociedad es concebida como un mal necesario, por lo que mis deberes con ella deben ser siempre los mínimos. Necesito de la comunidad para llevar adelante mi existencia, pero mis obligaciones para con ella deben ser estrictamente las necesarias y de ninguna manera pueden entorpecer la persecución de mis fines personales. El Estado y el gobierno surgen como concreción institucional de este pacto.

Fácil es de ver aquello que el anarquismo ha denunciado reiteradamente. Porque el Estado así instituido en realidad nunca defendió al pacto como tal sino a los intereses de grupos minoritarios, en muchos casos apenas de individuos, que impusieron sus objetivos a todos los demás aprovechando esa cesión de derechos. Por eso, cuando en el Siglo XX el Estado tuvo que asumir una actitud de defensa de los intereses generales por la presión de los históricamente perjudicados, los hasta entonces favorecidos del sistema iniciaron esa feroz lucha contra la institución que les había permitido erigirse en los beneficiarios principales del esfuerzo comunitario. Ello fue posible por un debilitamiento general de los oprimidos, que en una actitud suicida e ilusionados por algunos logros obtenidos a través del Estado benefactor, optaron por abandonar toda lucha y dejar la defensa de los intereses a la misma institución que hasta entonces los había sojuzgado. Fue entonces cuando los verdaderos sustentadores del Estado decidieron disolverlo, dejando en la indefensión a grandes masas de población, y lo que es peor incapaces de asumir por sí mismos la autodefensa, al menos en forma inmediata.

Los anarquistas difieren radicalmente en este aspecto. La comunidad, la sociedad no nace de un pacto. El hombre es un ser social por naturaleza, depende de los otros, de sus padres, de su familia, de su comunidad durante por lo menos un tercio de su vida. Más que por ser incapaz de proveerse solo de los medios materiales para su subsistencia, es porque el humano es un animal educable, necesita desarrollarse física e intelectualmente para llegar a ser adulto. Además, su componente afectivo necesita de los otros durante toda su vida en la forma de amores y odios, amistades y enemistades, simpatías y antipatías. Es por ello que, si bien considera natural la persecución de fines individuales, esas metas no pueden ser ajenas al interés comunitario.

Pero ese no pueden no es impuesto, ni obligado mediante la represión de un poder que oprime, sino el resultado al que el individuo debiera llegar por su formación, por la toma de conciencia que cada uno debe hacer de que su individualidad se funda en la participación en un colectivo, un colectivo que integra sin menoscabo de su individualidad. Por ello el énfasis que siempre hemos hecho en el proceso educativo, que no se reduce a la escuela sino se extiende a la charla, al intercambio permanente de ideas, a la empresa de tareas comunes, a la solidaridad, a la ayuda mutua, a la construcción de utopías, que son las maneras en que los sentimientos comunitarios se refuerzan, se enriquecen y aprendemos a apreciarlos. De esta actitud surge naturalmente la autogestión como el mejor medio para estructurar la vida en común.

Hoy la manera en que el Estado se desarma no es para alegrarnos, porque representa la reposición a nivel local de la ley del más fuerte. Claro que para ello ha sido preciso que todos hayamos perdido totalmente conciencia de nuestra fuerza para que un grupo de débiles morales, con la fuerza del poder institucional y físico, transformasen nuestra sociedad en un coto privado de caza, en donde desde un plan de obras públicas hasta la negociación de la deuda externa, pasando por sospechosas soluciones de crisis bancarias o la organización de una cumbre presidencial, han permitido que un conjunto de antisociales, de sociópatas, se haya apropiado de las más grandes riquezas comunes, a costa del 95 % del resto de la comunidad. En este sentido nuestra actual situación no es anarquismo, ni siquiera liberalismo ilustrado, es barbarie.

(EL LIBERTARIO, #10, enero/febrero 1998, p. 1)


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